El sacerdote: Enviado de Jesús para actuar en su nombre



El sacerdote es Jesucristo que vive y camina sobre la tierra.


El sacerdote es Jesucristo que vive y camina sobre la tierra. Porque ocupa su lugar, representa su persona, obra en su nombre y se halla revestido de su autoridad. Como me envió mi Padre, así los envío yo, dice el Señor (Jn 20, 21). Es decir: «Los envío para desterrar las tinieblas del pecado que cubren la tierra, y para iluminar al mundo con la luz celestial. Los envío para destruir la tiranía del pecado y establecer el reino de Dios. Los envío para continuar en la tierra la vida que yo llevé y las obras que realicé. Los envío para continuar mi oficio de mediador entre Dios y los hombres, de juez y de salvador».

Son éstas tres cualidades principales, entre muchas otras, las que Jesús comunica a los sacerdotes y especialmente a los pastores. Porque ellos son, en primer lugar, mediadores entre Dios y los hombres, para anunciarles la voluntad divina, para llamarlos, atraerlos y reconciliarlos con Dios; para dar a Dios los homenajes, adoraciones, alabanzas y satisfacciones que los hombres le deben y para tratar entre Dios y, los hombres los asuntos más trascendentales del cielo y de la tierra, los que tienen relación con la gloria de Dios, la salvación del mundo y la aplicación a las almas del misterio pascual de su Hijo.

Los sacerdotes son jueces del mundo, no en asuntos terrestres y temporales, sino celestiales y eternos. Son ellos salvadores del mundo con Jesucristo que los asocia con él en esta función. El Hijo de Dios quiere que cooperen en la salvación de las almas. Por eso la Palabra Sagrada dice que son cooperadores de Dios (1Co 3, 9). Quiere que se ocupen en continuar y completar sobre la tierra su obra más grande y divina, la redención del mundo, que es el fin de todas las funciones sacerdotales y pastorales.

En esta obra nuestro Señor Jesús ha empleado todos los instantes de su vida terrena, sus pensamientos, palabras y acciones, sus trabajos, su sangre y su vida. Por eso los sacerdotes y particularmente los pastores deben entregar a esta misma obra su corazón, su espíritu, sus pensamientos y afectos, todo su tiempo, todas sus fuerzas y mil vidas si las tuvieran, para poder decir con san Pablo: La consumiré yo mismo todo entero por el bien de sus almas (2Co 12, 15). Porque si por su negligencia llegara a perderse uno de sus hermanos, todas las heridas de Jesucristo y la sangre por él derramada para salvarlo clamarían venganza contra ellos en el día del juicio: Y a ti te pediré cuenta de su sangre (Ez 3,18).

De manera que un sacerdote es Cristo que vive y camina sobre la tierra. De ahí que nuestra vida y costumbres deban ser una imagen viva y perfecta o mejor dicho una continuación de la vida y costumbres de Jesucristo. Esto nos obliga a estudiar cuidadosamente lo que Cristo enseñó y realizó, las virtudes que practicó, su manera de vivir y de actuar, y el horror que tuvo al pecado, para continuarlos y expresarlos en toda nuestra vida.

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, «MEMORIAL DE LA VIDA ECLESIÁSTICA». 5, 10, 2: Oeuvres Complètes 3, 187-189.)

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