20 de octubre: ¿Cómo formar el Corazón de Jesús en nosotros?

El 20 de octubre se celebra la Solemnidad Eudista del Corazón de Jesús, instituida por san Juan Eudes en 1672. Con tal motivo, queremos invitarlos a meditar con el presbítero fundador sobre la realidad del Corazón de Jesús formado en nosotros:

“Les daré un Corazón nuevo” (Ez. 36, 26)  

Formar a Jesús en nosotros es formar su Corazón de amor 

 Dios es caridad (Jn 4, 16). Lo es en su esencia; lo es con relación a nosotros. Jesús, Hombre – Dios, es también caridad; lo es para su Padre y lo es para nosotros, para quienes es realmente todo amor y todo corazón. Si queremos, pues, y debemos quererlo, si queremos formarle en nosotros, es preciso ante todo que formemos su admirable Corazón, a fin de vivir de su amor. 

¡Qué obra tan sobrehumana! ¡Qué pura y gloriosa concepción! ¡Qué alto y sublime destino! Sí, cristianos, debemos formar y llevar en nosotros el Corazón del Dios de toda santidad. Es deber nuestro desearlo con ardor y trabajar por ello con toda pasión. El Corazón de Jesús debe ser nuestro mismo corazón, es decir, debemos formarnos a su medida. Sublime verdad por tantos ignorada, pero que Jesús se complace en revelarla Él mismo en el secreto de sus íntimas y amorosas visitas a sus más fieles y amados hijos. 

¡Dios, todo amor, seas mil veces bendito, porque te has dignado poner los ojos en nuestra bajeza para enseñarnos la manera de unirnos estrechamente a Ti! Haz que sepamos responder a semejante exceso de ternura y trasforma nuestros corazones en tu divino Corazón. 

Formar al Corazón de Jesús en nosotros, es amar lo que Él ama 

 En el lenguaje ordinario, el corazón es el símbolo no sólo del amor, sino también de los más nobles sentimientos, y decir de uno: “es un hombre de corazón”, equivale a prodigarle el más perfecto elogio. Se entiende con esta frase que ese hombre es capaz de grandes cosas, y que las más ásperas dificultades, los más heroicos no harían más que encender más y más su ánimo. Hay un hombre de quien con toda verdad puede decirse: “es un hombre de corazón”. Este hombre es Jesús. Sí, Jesús es el hombre de corazón por excelencia, es todo corazón. Ahora bien, este hombre de corazón, este Jesús todo corazón y todo amor, este Corazón inflamado y sediento de sacrificios, es el mismo que debemos formar en nosotros. ¿Cómo realizar esta prodigiosa y divina formación? Amando lo que Jesús amó. Efectivamente, puesto que el corazón es el amor, temer los mismos amores que Jesús, es tener un mismo corazón con Él. ¿Qué es lo que Tú has amado, mi adorable Jesús? A tu Padre Eterno, al Espíritu de amor que a Él te une, a tu Madre admirable, a tus ángeles y santos, a las almas criadas a tu imagen y semejanza, es decir, a todo lo que es bueno y hermoso, grande y santo, amable y admirable. 

¡He aquí lo que amas y buscas con pasión al precio de tu vida y de toda tu sangre! ¡He aquí lo que yo debo únicamente amar! Escucha mi ardiente súplica y, según tu promesa, “danos un corazón nuevo, quita de mi cuerpo este corazón de piedra”, en el que no puede penetrar tu amor, y “dame un corazón de carne” , como el que tomaste en el seno de mi dulce Madre María. 

Formar el Corazón de Jesús en nosotros es amar como Él amó 

Si queremos formar el Corazón de Jesús en nosotros, no basta que nuestro amor tenga el mismo objeto que el suyo, es preciso además que tenga, si no el mismo ardor y la misma intensidad, al menos un ardor y una intensidad que se acerquen cada día más a la suya. Es indudable, que, siendo Él Dios, ama con un amor infinito y, en este sentido, jamás podríamos amar como Él. Indudable también que nosotros nunca podremos igualar al amor inmenso con que Él ama,
como hombre, a su Padre, a su Santo Espíritu, a su Madre, a sus ángeles y santos y a nosotros mismos. No obstante, es mucha verdad que podemos amar como Él amó, que podemos imitarle, y con una imitación cada vez más verdadera, amando esos mismos objetos que Él ama y con todas las fuerzas de nuestra naturaleza finita y limitada. 

Él agotó sus fuerzas en su vida mortal y en su dolorosa pasión: agotemos, pues, también, en nuestra vida de cada día y en la pasión de la cruz y de la muerte a nosotros mismos, todas las fuerzas vivas de nuestra energía y de nuestro amor. Amemos a Dios como Jesucristo le amó, es decir, prácticamente e inmolándonos para procurar su gloria por el rescate de los hombres, y su conversión a la verdad y a la santidad. Así, habremos formado su Corazón en nosotros y llenado nuestra cristiana vocación. 

Compromiso: 
Examinar nuestros afectos para ver si son todos dignos del Corazón de Jesús. 

Jaculatoria: ¡Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo!

Fuente: San Juan Eudes, O.C. VIII, Lb XII).

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